No
creía en historias fantásticas o sobrenaturales, aunque una vez escuché que un
duende apareció en una quebrada de Mosonte y secuestró a una muchacha. La
noticia se expandió a través de la radio local, en la entrevista la mamá dijo
que su hija había ido a lavar ropa y no regresó a la hora acostumbrada, cuando fueron
a buscarla encontraron el jabón sobre la ropa sin lavar y vieron en la arena
las huellas frescas de unas botitas como de niño las cuales desaparecían en la
primera vuelta del río.
La
historia me pareció absurda, pensé que a lo mejor la hija había huido harta de
levantarse a las cuatro de la mañana a palmear tortillas, de hacer la comida
los tres tiempos, de barrer la casa y una vez al mes encalarla para que se
viera limpia y brillante, de cuidar a sus hermanos más pequeños como si fueran
hijos suyos, de ir al río a lavar la ropa de sus hermanos, de regresar al río a
lavar el maíz nesquizado para el día siguiente.
Apagué
la radio y me juré no volver a escuchar noticias locales, hasta la otra noche
cuando la señal del cable en la tv se perdió de repente, así como la conexión a
internet en mi computadora y en el celular, entonces no me quedó más remedio
que encender la radio y buscar alguna noticia al respecto. Durante cinco
minutos no se escuchó nada, al rato una voz saltó diciendo que el problema
estaba a punto de ser resuelto, el apagón digital había sido a lo largo y ancho
de todo el país. Una especie de virus invadió al sistema. El locutor hizo una
pausa y cambiando de noticia dijo, que en Ocotal se había desatado una ola de
ataques de murciélagos, las autoridades no sabían de dónde y cómo habían
aparecido tantos, las personas mordidas estaban siendo trasladadas a los
hospitales regionales porque el hospital local, a punto de colapsar por su
infraestructura precaria, ya no daba abasto; hubo otra pausa y, a continuación agregó
que después de media hora de la mordedura las víctimas empezaban a mostrar
signos de transformación, a los hombres les crecían los incisivos de manera
puntiaguda, se les reducían las orejas y los ojos se les volvían rojos, en
tanto a las mujeres les salían alas de un metro de cada lado y había que
encadenarlas de sus pies a las camas para que no escaparan, aquello me pareció
el colmo y apagué la radio. Sin cable en la tv ni internet me fui a la cama y
al cabo de un rato me dormí.
Desperté
a las cinco de la mañana colgada del techo, sobre mi espalda un par de alas se
desplegaron en toda su extensión, aunque la luz golpeaba un poco mi pupila,
decidí desprender mis finas garras de la madera y buscar un árbol alto y con
buen follaje para continuar durmiendo, durante el vuelo, otras empezaron a liberarse
de sus cadenas y se unieron a mí dejando atrás sus antiguas vidas.
Blanca García Monge
Ocotal, 12 sept. 2016