Por Blanca García Monge
–Ignorante–. Fue lo primero que pensé cuando
escuché decir “las mujeres son las responsables de la violencia y el maltrato
hacia ellas”. –¿De quién vino la
expresión?, no importa–; aunque no parezca existe una gran cantidad de personas
que piensan así, incluyendo mujeres.
Sin recibir un golpe que me
dejara una marca física, me sentí violentada, porque la violencia va más allá
de la física o sexual; también es psicológica y emocional, esto ya lo sabemos, pero me espanta darme cuenta que lo aceptamos como algo natural y cotidiano.
La violencia en contra de
las mujeres es un tema que sobrepasa las opiniones, estadísticas y cuánta
manifestaciones hagamos; los discursos suenan vacíos y estáticos frente a la
realidad de quienes la sufren de manera directa y brutal.
El asunto en Nicaragua se
volvió un problema social, sin precedentes, generado por razones de orden
cultural, religioso, económico y hasta político, entre otros.
Suena contradictorio que a
Nicaragua se le clasifique como el país más seguro de Centroamérica, – ¿seguro
para quién?– me pregunto. No para nosotras, 48 mujeres asesinadas es la cifra
contabilizada por los grupos de mujeres contra la violencia durante lo que va
del año 2014; sin embargo la Policía contabiliza sólo 18 casos de femicidio.
Escucho opiniones sobre la
Ley 779 (Ley integral sobre la violencia
hacia las mujeres); atribuyéndole que a raíz de su aprobación, hay más violencia
y más muertes. Pienso que de cierta manera nos hemos quitado la venda de
los ojos y nos estamos atreviendo a denunciar, esto eleva el registro y
evidencia un problema con el que hemos convivido siempre y del cual
históricamente nos ha dado miedo y hasta vergüenza de hablar y aceptar.
Vemos a diario en los medios
de comunicación, escritos y televisivos, cómo abordan el tema –amarillistas a
veces–, ilustrándolo con imágenes inhumanas que atentan contra la dignidad de
las mismas mujeres asesinadas, no es mostrando sangre como se educa, eso
alimenta el morbo, igual que las novelas con contenido machistas.
–Lo
denuncié en la policía y me sigue amenazando, tengo miedo por mi hija y por mi
vida, la policía no ha hecho nada–. Declaraba llorando una joven en un medio de
comunicación. Un secreto a voces es la
ineficiencia con la que proceden las instituciones públicas encargadas de la
protección ciudadana, con la cantidad de mujeres muertas hasta el momento, se
les está saliendo de las manos la situación y no sólo a ellos sino también a
nosotros como sociedad.
– ¿Cuántas veces hemos sido testigos
de un maltrato?–. Por evitar problemas
ajenos no hacemos nada, volviéndonos cómplices de la violencia.
Del
maltrato intrafamiliar al acoso, continuando con amenazas de quitarles a los
hijos, el chantaje emocional y económico, hasta que todo acaba quitándoles la
vida.
Aprendemos
a hacer lo que vemos, lo que nos enseñan en nuestras casas, en nuestra escuela,
en el círculo de amigos, en la televisión, en la música, en las películas. Estamos inundados de imágenes y música
violenta, donde la mujer es sólo un objeto sexual y comercial.
La
lucha para romper ese ciclo de violencia debe ser un esfuerzo conjunto,
compartido entre el estado y la sociedad, sin politiquería ni religiosidad.
Por
más que reflexiono sobre todo aquello que ha llevado a la muerte de mujeres, no
logro entender por qué tanta violencia y agresividad, nada justifica estas
acciones. La pasividad parece ser un
estado en el que nos hemos sumergido durante décadas ante la violencia ejercida
contra la mujer.
No sé hasta dónde resultan
efectivas las marchas y las manifestaciones públicas y sí de verdad contribuyen
a reducir el problema, sin embargo, todo esfuerzo es válido mientras no nos
quedemos en silencio, el femicidio es un problema que atañe también a
los hombres porque son padres, hijos, hermanos, primos, de una mujer a quien le
han arrebatado el derecho a vivir.
La
violencia hacia las mujeres, está socavando las bases de nuestro desarrollo y
seguridad humana. Sí, también
frenamos el desarrollo social, humano, intelectual, económico, político del
país; porque las mujeres contribuimos a través de nuestro trabajo y esfuerzo al
desarrollo de la nación.
No somos vulnerables por
nuestra condición de mujer, ni débiles, ni objetos sexuales o comerciales, no
nacimos para ser amas de casa ni para parir hijos, somos lo que nosotras
queramos y decidamos ser. Exigimos
igualdad, respeto y justicia ante todo aquello que violente nuestra condición
de seres humanos.
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