miércoles, 12 de agosto de 2015

Limpio de corazón

   Blanca García Monge     


         Aquella mañana fría despertó con una tremenda erección, al levantarse estiró su cuerpo músculo a músculo, hizo flexiones y saltó tres veces buscando la forma para que aquel bulto disminuyera. Inició las oraciones matutinas para ahuyentar a los demonios de la carne, metidos entre la colcha y sus calzoncillos que desde varios días atrás lo despertaban de tal manera.
Durante el sermón de la misa, celebrada a cielo abierto en la manzana de tierra donada por la familia Pérez para la construcción del templo, el sacerdote detrás de una mesa de roble utilizada como púlpito improvisado; pidió voluntarios para iniciar con la obra. “Es necesario tener una iglesia decente donde la gente pueda venir a adorar a Dios”, sentenció el cura, mientras los feligreses aplaudían con sus rostros iluminados por los rayos primerizos del sol.
Su mano alzada, apenas visible en medio de la multitud, parecía a la de un niño en su primer día de clases al decir ¡presente!; dos manchas coloradas se difuminaron en sus pómulos cuando vio que nadie a su alrededor se ofrecía con tanta vehemencia como él. Un grupo de jovencitas a su lado derecho le tiraron como dardos risitas burlescas, clavó sus ojos en el suelo mientras apaciguaba el bochorno en su rostro, disimuladamente se fue escurriendo entre la multitud y entre empujones se colocó a escasos metros del cura.
Sin dificultad logró ser parte del grupo de albañiles voluntarios, las horas como aprendiz en el taller de carpintería de su abuelo avalaban su experiencia, era como una especie de restaurador de antigüedades, retocaba desde santos hasta camas matrimoniales, rescatando de la polilla historias para la posteridad. Con su contribución voluntaria su nombre se inmortalizaría en el registro que llevaba el comité pro-construcción.
Por las noches, recostado en su cama, con la luz parpadeante de un candil reflejado en sus ojos, se imaginaba tallando la madera que daría forma a los altos pilares y al acabado del techo. Miraba su nombre en la placa de cemento que dejarían como un recuerdo para no ser olvidados por las generaciones de feligreses que vendrían cien años después a admirar la arquitectura del templo; esa mezcla de madera, ladrillos de barro y el mármol negro y blanco del altar.
Su primera labor como albañil calificado fue armar los andamios de madera para asegurar el acceso mientras la construcción día a día se elevaba. El turno de los albañiles estaba cerca, colocar las columnas y armar el techo requería precisión, un toque de talento para dar un buen acabado a la madera y cierto grado de equilibrio para no ir a parar al suelo como un escupitajo.
El diseño de los doce pilares estaba listo desde antes de iniciar la construcción, la madera debía ser seleccionada garantizando la calidad para que durase tanto como fuese posible; se unió al grupo de albañiles que viajarían para hacerse cargo de esta tarea. Dieciocho kilómetros de camino a pie y en mula les esperaban impasibles para seleccionar y transportar los rollos de pino más adecuados.
Partieron un lunes, a las ocho de la mañana. El día amaneció cernido por una llovizna que desde la madrugada chispeaba en los techos y en las calles de tierra.
Viajando hacia el oeste y a unos cinco kilómetros de iniciada la marcha, la llovizna se convirtió en una tormenta, el cielo se desplomó en un santiamén, tomándolos por sorpresa.
Decidieron acampar unas horas esperando que la lluvia cesara, tenían pensando llegar por la tarde al pueblo de las “cinco muertes” y volver con los pilares al siguiente día; pero el aguacero los hizo demorarse un poco más de lo previsto.
Pasado el mediodía, decidieron continuar con la jornada, el agua fundida a la tierra dio vida a un lodo resbaladizo que provocó más de una caída de hombres y de mulas; entre risas y gritos de ¡cuidado te caes!, se fueron alejando en medio de la lluvia que a intervalos disminuía o aumentaba con fuerza.
Al llegar al río que era el límite entre su pueblo y el de la región de las “cinco muertes”, se detuvieron. Una corriente de agua agitada cobraba fuerza y metro a metro le ganaba espacio a la playa cubriendo las piedras negras y la arena brillante. Vieron a unos lugareños apostados sobre la rivera, estaban vistiéndose, acababan de atravesar el agua sucia y helada que bajaba de la montaña, uno del grupo de albañiles se dirigió hacia ellos para preguntarle en qué punto habían cruzado el río, el más joven extendió su mano, sus dedos se notaban arrugados por el contacto con el agua; le señaló el lugar exacto por donde habían cruzado sin ningún peligro.
Veinticinco metros los separaban de la otra orilla, con el agua arriba de la cintura avanzaron lo más rápido que la resistencia de la corriente les dejó. Casi llegando al límite, el último grupo donde iba Marcelino, sintió un movimiento violento provenir del fondo del río. La crecida les cayó sin que nadie se percatara, les falló la intuición y el conocimiento ancestral de las corrientes que bajan de la montaña; en los ríos del norte las crecidas suelen ser imprevistas.
Todo fue tan veloz que el intento de uno de sus compañeros resultó inútil, arrastrado por la corriente, entre tumbo y tumbo del agua, se miraba como su cabeza se hundía y salía desesperada, ramas y troncos eran movidos con violencia, flotantes y furiosos, golpeándose entre sí, destruyendo todo a su paso.
Los que habían logrado llegar a la otra orilla corrieron sobre la margen oscura del río tratando de no perder de vista al joven, quien sofocado alzaba sus manos buscando la manera de sujetarse a alguna rama de los árboles, que doblegados sobre la corriente, aún tenían raíces aferradas a la tierra negándose a ser arrastrados por la furia del vital elemento. Minutos aterradores pasaron hasta que el joven logró con sus últimas fuerzas tomar entre sus brazos una rama que lo mantuvo a flote mientras sus compañeros le tendían sogas quitadas de las mulas que lograron pasar antes que la corriente enfurecida les atropellara.
Descansaron unas horas para dejar que el susto se diluyera, Marcelino se encargó de ayudar al joven adolorido, atendió y curó las heridas que le dejaron las ramas y troncos que chocaron contra su cuerpo. A sus dieciocho años, Marcelino no había tocado otra piel que no fuera la suya y al sentir el contacto de sus dedos contra la otra superficie trémula un leve escalofrío le golpeó el bajo vientre y le aceleró el corazón. En ese momento pensó que aún tenía los nervios alterados o que podía ser vergüenza; respiró profundo como quien inhala un cigarrillo por primera vez. Y ahí, en medio de la montaña, en la intemperie algo despertó, asoció esa extraña sensación a las erecciones matutinas e intentó calmarse de un tirón como cuando se echa agua a una hoguera.
Dos días después regresaron al pueblo con los doce pilares de pino y empezaron la ardua labor de colocar cada columna a lo largo de la nave central, el incidente se propagó de boca en boca como un cuento de camino.
Angustiado por los recientes acontecimientos, las erecciones que continuaban y la sensación que no lograba calmar con el paso de los días, Marcelino le contó al sacerdote lo que había sentido al curar a su compañero, trató de justificarse atribuyéndolo a un ataque de nervios.
Cuando vio en la frente del sacerdote una contracción que casi juntó el arco de sus cejas. El cura le dijo que las tentaciones se disfrazan, juegan con la mente, y manipulan los buenos actos. Le recomendó que evitara toda ocasión de pecado; pero no fue específico, Marcelino no supo si debía evitar sus erecciones u olvidar la sensación que sintió al tocar el cuerpo de su compañero. Terminó arrodillado, con un rosario temblando entre sus manos y la férrea convicción de no caer en pecado.
Desde el día de su confesión, Marcelino, evitó en la medida de lo posible dirigir su mirada a aquel muchacho de piel morena, de músculos definidos, ojos claros que de vez en cuando le saludaba cortésmente estrechándole su mano con fuerza.
Se fue sumiendo en un estado de culpas infundadas, por las noches despertaba sobresaltado y sudoroso, parecía un animal en celo, poco a poco se volvió más silencioso y retraído, cada vez que trataba de no pensar ni sentir, sucedía lo contrario.
Pensaba en los consejos del sacerdote y un día amaneció con la idea fija de buscarse una novia para hacerla su esposa, tener hijos y formar un hogar, luego del desayuno ya había olvidado aquella resolución. A veces lograba distanciarse de ese otro yo que le asediaba y le hacía avergonzarse de sí mismo cuando se miraba frente al espejo.
Mientras Marcelino luchaba en su fuero interno, la obra avanzaba a pasos agigantados por la gran cantidad de personas voluntarias que se incorporaron en cada una de las fases de construcción; campesinos que habían bajado de la montaña dejando a sus mujeres e hijos al cuidado de la tierra para aportar su grano de arena junto con las personas voluntarias del pueblo; estaban a punto de culminar el “gran proyecto”, como solía llamarlo el cura en sus homilías.
Cuando estaban por colocar la última columna, la noche anterior, Marcelino se quedó para asegurar el andamio y que nada atrasara el avance del trabajo; el maestro de obra estuvo de acuerdo con su propuesta, se echó al hombro su morral y antes de partir a descansar a su casa de la faena del día, buscó entre los albañiles que quedaban, un ayudante para Marcelino.
Una voz grave se escuchó provenir desde los cimientos del andamio, preguntando si todo iba bien arriba. Marcelino se estremeció cuando sintió la madera moverse y al volver la vista, miró los risos negros de una melena agitarse con el viento del atardecer que entraba por las puertas laterales del templo. Sintió entre sus manos un sudor helado resbalarse como agua, le invadió un dolor agudo en el pecho. No era alguien que temiera a las alturas, sus piernas no estaban acostumbradas a tambalear; pero de pronto perdió el equilibrio y tuvo que aferrarse con fuerza a las tablas.
Una palidez se asentó en su rostro cuando su compañero, aquel que había curado y al cual rehuía, le extendió su mano fuerte y áspera para saludarlo al llegar junto a él.
Apenas logró concentrarse en el trabajo y contra todo pronóstico, luchando entre la confusión de aquellos sentimientos que a diario trataba de ocultar, porque no podía cortarlos de un tajo, eso de: si tu ojo es ocasión de pecado, sácatelo, a él no se le daba por más que lo intentara. ¿Cómo podría sacar su corazón y continuar viviendo? Eso sería suicidio y también es pecado.
Marcelino se sumió en un manojo de nervios, que no supo ocultar; su compañero estaba ahí, a escasos centímetros de él. Volvió a sentir la punzada aguda en el corazón como si un cachito de espina se le insertara. Su compañero se dio cuenta de su repentina alteración, le pareció extraño, pero tampoco le tomó importancia, no conocía tanto a Marcelino como para saber si así era su manera de comportarse. Intentó entablar una conversación con él y desistió al cabo de un rato, cuando los monosílabos con los que respondía Marcelino le resultaron incómodos. A pesar que vivían en el mismo pueblo y que ambos se dedicaban a la carpintería, antes del accidente no eran amigos, rara vez se encontraban en las calles o en el parque y apenas movían sus cabezas hacia atrás para saludarse. Que Marcelino le hubiese ayudado no cambió las cosas, tampoco les hizo grandes amigos el trabajar juntos en la construcción del templo. Estaban en cuadrillas diferentes y eso hacía que la distancia que los separaba fuese siempre la misma de antes del accidente. Pocas veces se encontraban por la mañana al iniciar el trabajo y después de un apretón de manos, Marcelino se retiraba como huyendo de una peste.
Su compañero ignoraba que su benefactor, siguió el consejo del cura al pie de la letra, sin imaginarse siquiera que un día de tantos lo tendría como ayudante, en el mismo andamio.
Marcelino no logró dominar el impulso interior que sentía, era como un volcán a punto de hacer erupción. Desafiando a su propio juicio que ardía como una chispita diciéndole no lo hagas, decidió contarle a su amigo lo que venía sintiendo desde el accidente, pensó que podría ser la única manera de calmar esas sensaciones que no le dejaban en paz. Dejó clavo y martillo, se incorporó, dio uno, dos pasos hacia él y al tercer intento de avanzar se escuchó el crujir de una tabla suelta, sintió un golpe fuerte en la lado izquierdo de su cabeza, un líquido más espeso que el sudor le nubló la visión, en ese instante su cuerpo fue presa de la gravedad, al caer vio la mano de su compañero intentando tomar la suya, quiso asirse de sus dedos como cuando lo saludaba y sentir de nuevo el leve cosquilleo que nacía en sus yemas y explotaba en su corazón. No lo logró.
Dos semanas después despertó a las siete de la mañana, justo al momento de la primera misa matutina celebraba en el templo. Se quejó de un fuerte dolor de cabeza y se vio envuelto desde los pies hasta el cuello con vendas llenas de yeso mal repellado. Por más esfuerzo que hizo no pudo recordar ni su propio nombre. El sonido del viento le llevó a través de la ventana unas palabras del sermón del padre: —Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.


De la muestra de narrativa "Esta palabra es nuestra", ANIDE 2014. 

domingo, 19 de abril de 2015

1:45 PM

En esta tarde
cálida y gris
la dorada
tormenta solar
baña de fuego
los resecos suelos.

Sudor

en el cuerpo, 
inmóvil viento,
sed insaciable,
ardiente.

Y estas letras

buscando
no hablar de vos.

Del poemario Polvareda Líquida, Blanca García Monge