Blanca García Monge
Aquella mañana fría
despertó con una tremenda erección, al levantarse estiró su cuerpo músculo a músculo, hizo flexiones y saltó tres veces buscando la forma para que aquel bulto disminuyera. Inició las oraciones matutinas
para ahuyentar a los demonios de la carne, metidos entre la colcha y sus
calzoncillos que desde varios días atrás lo despertaban de tal manera.
Durante el sermón de la misa, celebrada a cielo abierto en la manzana de tierra donada por la familia Pérez para la
construcción del templo, el sacerdote detrás de una mesa de roble utilizada
como púlpito improvisado; pidió voluntarios para iniciar con la obra. “Es necesario tener una iglesia decente donde la gente pueda venir a
adorar a Dios”, sentenció el cura, mientras los feligreses aplaudían con sus
rostros iluminados por los rayos primerizos del sol.
Su mano alzada, apenas visible en medio de la multitud, parecía a la de un niño en su primer día de clases al decir ¡presente!; dos
manchas coloradas se difuminaron en sus pómulos cuando vio que nadie a su
alrededor se ofrecía con tanta vehemencia como él. Un grupo de jovencitas a su
lado derecho le tiraron como dardos risitas burlescas, clavó sus ojos en el
suelo mientras apaciguaba el bochorno en su rostro, disimuladamente se fue
escurriendo entre la multitud y entre empujones se colocó a escasos
metros del cura.
Sin dificultad logró ser parte del grupo de albañiles voluntarios, las
horas como aprendiz en el taller de carpintería de su abuelo avalaban su
experiencia, era como una especie de restaurador de antigüedades, retocaba
desde santos hasta camas matrimoniales, rescatando de la polilla historias para
la posteridad. Con su contribución voluntaria su nombre se inmortalizaría en el
registro que llevaba el comité pro-construcción.
Por las noches, recostado en su cama, con la luz parpadeante de un
candil reflejado en sus ojos, se imaginaba tallando la madera que daría forma a
los altos pilares y al acabado del techo. Miraba su nombre en la placa de
cemento que dejarían como un recuerdo para no ser olvidados por las
generaciones de feligreses que vendrían cien años después a admirar la
arquitectura del templo; esa mezcla de madera, ladrillos de barro y el mármol
negro y blanco del altar.
Su primera labor como albañil calificado fue armar los andamios de
madera para asegurar el acceso mientras la construcción día a día se elevaba.
El turno de los albañiles estaba cerca, colocar las columnas y armar el techo
requería precisión, un toque de talento para dar un buen acabado a la madera y
cierto grado de equilibrio para no ir a parar al suelo como un escupitajo.
El diseño de los doce pilares estaba listo desde antes de iniciar la
construcción, la madera debía ser seleccionada garantizando la calidad para que
durase tanto como fuese posible; se unió al grupo de albañiles que viajarían
para hacerse cargo de esta tarea. Dieciocho kilómetros de camino a pie y en
mula les esperaban impasibles para seleccionar y transportar los rollos de pino
más adecuados.
Partieron un lunes, a las ocho de la mañana. El día amaneció cernido por
una llovizna que desde la madrugada chispeaba en los techos y en las calles de
tierra.
Viajando hacia el oeste y a unos cinco kilómetros de iniciada la marcha,
la llovizna se convirtió en una tormenta, el cielo se desplomó en un santiamén,
tomándolos por sorpresa.
Decidieron acampar unas horas esperando que la lluvia cesara, tenían
pensando llegar por la tarde al pueblo de las “cinco muertes” y volver con los
pilares al siguiente día; pero el aguacero los hizo demorarse un poco más de lo
previsto.
Pasado el mediodía, decidieron continuar con la jornada, el agua fundida
a la tierra dio vida a un lodo resbaladizo que provocó más de una caída de
hombres y de mulas; entre risas y gritos de ¡cuidado
te caes!, se fueron alejando en medio de la lluvia que a intervalos
disminuía o aumentaba con fuerza.
Al llegar al río que era el límite entre su pueblo y el de la región de
las “cinco muertes”, se detuvieron. Una corriente de agua agitada cobraba
fuerza y metro a metro le ganaba espacio a la playa cubriendo las piedras
negras y la arena brillante. Vieron a unos lugareños apostados sobre la rivera,
estaban vistiéndose, acababan de atravesar el agua sucia y helada que bajaba de
la montaña, uno del grupo de albañiles se dirigió hacia ellos para preguntarle
en qué punto habían cruzado el río, el más joven extendió su mano, sus dedos se
notaban arrugados por el contacto con el agua; le señaló el lugar exacto por
donde habían cruzado sin ningún peligro.
Veinticinco metros los separaban de la otra orilla, con el agua arriba
de la cintura avanzaron lo más rápido que la resistencia de la corriente les
dejó. Casi llegando al límite, el último grupo donde iba Marcelino, sintió un
movimiento violento provenir del fondo del río. La crecida les cayó sin que nadie
se percatara, les falló la intuición y el conocimiento ancestral de las
corrientes que bajan de la montaña; en los ríos del norte las crecidas suelen
ser imprevistas.
Todo fue tan veloz que el intento de uno de sus compañeros resultó
inútil, arrastrado por la corriente, entre tumbo y tumbo del agua, se miraba
como su cabeza se hundía y salía desesperada, ramas y troncos eran movidos con
violencia, flotantes y furiosos, golpeándose entre sí, destruyendo todo a su
paso.
Los que habían logrado llegar a la otra orilla corrieron sobre la margen
oscura del río tratando de no perder de vista al joven, quien sofocado alzaba
sus manos buscando la manera de sujetarse a alguna rama de los árboles, que
doblegados sobre la corriente, aún tenían raíces aferradas a la tierra
negándose a ser arrastrados por la furia del vital elemento. Minutos
aterradores pasaron hasta que el joven logró con sus últimas fuerzas tomar
entre sus brazos una rama que lo mantuvo a flote mientras sus compañeros le
tendían sogas quitadas de las mulas que lograron pasar antes que la corriente
enfurecida les atropellara.
Descansaron unas horas para dejar que el susto se diluyera, Marcelino se
encargó de ayudar al joven adolorido, atendió y curó las heridas que le dejaron
las ramas y troncos que chocaron contra su cuerpo. A sus dieciocho años,
Marcelino no había tocado otra piel que no fuera la suya y al sentir el
contacto de sus dedos contra la otra superficie trémula un leve escalofrío le
golpeó el bajo vientre y le aceleró el corazón. En ese momento pensó que aún
tenía los nervios alterados o que podía ser vergüenza; respiró profundo como
quien inhala un cigarrillo por primera vez. Y ahí, en medio de la montaña, en
la intemperie algo despertó, asoció esa extraña sensación a las erecciones matutinas
e intentó calmarse de un tirón como cuando se echa agua a una hoguera.
Dos días después regresaron al pueblo con los doce pilares de pino y
empezaron la ardua labor de colocar cada columna a lo largo de la nave central,
el incidente se propagó de boca en boca como un cuento de camino.
Angustiado por los recientes acontecimientos, las erecciones que
continuaban y la sensación que no lograba calmar con el paso de los días,
Marcelino le contó al sacerdote lo que había sentido al curar a su compañero,
trató de justificarse atribuyéndolo a un ataque de nervios.
Cuando vio en la frente del sacerdote una contracción que casi juntó el
arco de sus cejas. El cura le dijo que las tentaciones se disfrazan, juegan con
la mente, y manipulan los buenos actos. Le recomendó que evitara toda ocasión
de pecado; pero no fue específico, Marcelino no supo si debía evitar sus
erecciones u olvidar la sensación que sintió al tocar el cuerpo de su
compañero. Terminó arrodillado, con un rosario temblando entre sus manos y la
férrea convicción de no caer en pecado.
Desde el día de su confesión, Marcelino, evitó en la medida de lo
posible dirigir su mirada a aquel muchacho de piel morena, de músculos
definidos, ojos claros que de vez en cuando le saludaba cortésmente
estrechándole su mano con fuerza.
Se fue sumiendo en un estado de culpas infundadas, por las noches
despertaba sobresaltado y sudoroso, parecía un animal en celo, poco a poco se
volvió más silencioso y retraído, cada vez que trataba de no pensar ni sentir,
sucedía lo contrario.
Pensaba en los consejos del sacerdote y un día amaneció con la idea fija
de buscarse una novia para hacerla su esposa, tener hijos y formar un hogar,
luego del desayuno ya había olvidado aquella resolución. A veces lograba
distanciarse de ese otro yo que le asediaba y le hacía avergonzarse de sí mismo
cuando se miraba frente al espejo.
Mientras Marcelino luchaba en su fuero interno, la obra avanzaba a pasos
agigantados por la gran cantidad de personas voluntarias que se incorporaron en
cada una de las fases de construcción; campesinos que habían bajado de la
montaña dejando a sus mujeres e hijos al cuidado de la tierra para aportar su
grano de arena junto con las personas voluntarias del pueblo; estaban a punto
de culminar el “gran proyecto”, como solía llamarlo el cura en sus homilías.
Cuando estaban por colocar la última columna, la noche anterior,
Marcelino se quedó para asegurar el andamio y que nada atrasara el avance del
trabajo; el maestro de obra estuvo de acuerdo con su propuesta, se echó al hombro
su morral y antes de partir a descansar a su casa de la faena del día, buscó
entre los albañiles que quedaban, un ayudante para Marcelino.
Una voz grave se escuchó provenir desde los cimientos del andamio,
preguntando si todo iba bien arriba. Marcelino se estremeció cuando sintió la
madera moverse y al volver la vista, miró los risos negros de una melena
agitarse con el viento del atardecer que entraba por las puertas laterales del
templo. Sintió entre sus manos un sudor helado resbalarse como agua, le invadió
un dolor agudo en el pecho. No era alguien que temiera a las alturas, sus
piernas no estaban acostumbradas a tambalear; pero de pronto perdió el
equilibrio y tuvo que aferrarse con fuerza a las tablas.
Una palidez se asentó en su rostro cuando su compañero, aquel que había
curado y al cual rehuía, le extendió su mano fuerte y áspera para saludarlo al
llegar junto a él.
Apenas logró concentrarse en el trabajo y contra todo pronóstico,
luchando entre la confusión de aquellos sentimientos que a diario trataba de
ocultar, porque no podía cortarlos de un tajo, eso de: si tu ojo es ocasión de pecado, sácatelo, a él no se le daba por
más que lo intentara. ¿Cómo podría sacar su corazón y continuar viviendo? Eso
sería suicidio y también es pecado.
Marcelino se sumió en un manojo de nervios, que no supo ocultar; su
compañero estaba ahí, a escasos centímetros de él. Volvió a sentir la punzada
aguda en el corazón como si un cachito de espina se le insertara. Su compañero
se dio cuenta de su repentina alteración, le pareció extraño, pero tampoco le
tomó importancia, no conocía tanto a Marcelino como para saber si así era su
manera de comportarse. Intentó entablar una conversación con él y desistió al
cabo de un rato, cuando los monosílabos con los que respondía Marcelino le
resultaron incómodos. A pesar que vivían en el mismo pueblo y que ambos se
dedicaban a la carpintería, antes del accidente no eran amigos, rara vez se
encontraban en las calles o en el parque y apenas movían sus cabezas hacia
atrás para saludarse. Que Marcelino le hubiese ayudado no cambió las cosas,
tampoco les hizo grandes amigos el trabajar juntos en la construcción del
templo. Estaban en cuadrillas diferentes y eso hacía que la distancia que los
separaba fuese siempre la misma de antes del accidente. Pocas veces se
encontraban por la mañana al iniciar el trabajo y después de un apretón de
manos, Marcelino se retiraba como huyendo de una peste.
Su compañero ignoraba que su benefactor, siguió el consejo del cura al
pie de la letra, sin imaginarse siquiera que un día de tantos lo tendría como
ayudante, en el mismo andamio.
Marcelino no logró dominar el impulso interior que sentía, era como un
volcán a punto de hacer erupción. Desafiando a su propio juicio que ardía como
una chispita diciéndole no lo hagas,
decidió contarle a su amigo lo que venía sintiendo desde el accidente, pensó
que podría ser la única manera de calmar esas sensaciones que no le dejaban en
paz. Dejó clavo y martillo, se incorporó, dio uno, dos pasos hacia él y al
tercer intento de avanzar se escuchó el crujir de una tabla suelta, sintió un
golpe fuerte en la lado izquierdo de su cabeza, un líquido más espeso que el
sudor le nubló la visión, en ese instante su cuerpo fue presa de la gravedad,
al caer vio la mano de su compañero intentando tomar la suya, quiso asirse de
sus dedos como cuando lo saludaba y sentir de nuevo el leve cosquilleo que
nacía en sus yemas y explotaba en su corazón. No lo logró.
Dos semanas después despertó a las siete de la mañana, justo al momento
de la primera misa matutina celebraba en el templo. Se quejó de un fuerte dolor
de cabeza y se vio envuelto desde los pies hasta el cuello con vendas llenas de
yeso mal repellado. Por más esfuerzo que hizo no pudo recordar ni su propio
nombre. El sonido del viento le llevó a través de la ventana unas palabras del
sermón del padre: —Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a
Dios.
De la muestra de narrativa "Esta palabra es nuestra", ANIDE 2014.
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