El sol extiende su sábana febril sobre Angloamerica a la
1:30 pm de la tarde, comunidad
perteneciente al municipio de La Cruz de Río Grande. Después de unos veinte
minutos sobre el río Grande de Matagalpa, la panga se detiene. Los jóvenes
integrantes del banco de semillas y parte del equipo técnico del proyecto,
Javier Espinoza y Anna Planck, bajamos con cuidado para no resbalar en el lodo
que ha formado el agua del río sobre la ribera.
Se cuela entre las voces de todos y el ruido del motor de la
panga, los ladridos de cuatro perros. Antes de salir de la escuelita de
primaria, donde nos reunimos con las y los beneficiarios, fue la primera
advertencia del grupo hay que tener
cuidado con los perros. En fila india, rodeamos la casa, una estructura
elevada unos dos metros sobre el suelo y construida con tablas y plástico. Un
par de niños descalzos y desnudos de la cintura hacia arriba intenta calmar a
la jauría que va quedando atrás con cada paso que damos. Pasamos unas
plantaciones de árboles y en pocos minutos, un plantío de arroz se despliega
ante nuestros ojos. Con cuidado, entre mata y mata que nos llega hasta las
rodillas, seguimos. El plantío abarca más o menos una manzana de tierra,
cargada por espigas de arroz que intentan mantenerse erguidas a pesar del peso
del grano.
Nos cuenta que ha enviudado, que tiene a cargo a sus hijos y
la tierra. La cosecha será buena nos
dice con una sonrisa que contagia al resto de la familia. Josefa Urbina, ha
sido parte de las capacitaciones sobre protección y preservación de los medios
de vida, se integró al comité del banco de semillas y así fue como obtuvo 100
libras de arroz que ahora, están multiplicadas y apiladas en círculos, sobre
hojas de plátano, para evitar la humedad,
nos dice su hermano y luego agrega, lo
tapamos con el zinc para que no se moje por si llueve.
Antes de pedirles permiso para tomar una fotografía, ella me
cuenta que antes sembraba arroz pero la
cosecha no había sido tan buena como esta, le pregunto quién le ayudó a
sembrar la parcela, levanta la mirada y la dirige a su familia con orgullo.
Tomamos algunas fotografías y, nos despedimos, agradecidos por la oportunidad
de conocer a una de las 121 familias de las 12 comunidades que han sido parte
del proceso.
“La reducción del riesgo de desastres va más allá de los
conceptos, de las acciones y decisiones políticas o administrativas encaminadas
a proteger a las familias y sus medios de vida, también se humaniza cuando se
logra transformar las condiciones de vida de las mujeres y hombres, de las
niñas, niños y los jóvenes”, pienso, mientras la panga nos lleva a conocer otra
experiencia. Escucho la voz de Javier, diciendo por esta razón vale la pena cualquier esfuerzo.
Blanca García Monge
R.A.C.C.S. -Octubre 2015
No hay comentarios:
Publicar un comentario