jueves, 21 de enero de 2016

Sobre el río Grande de Matagalpa


El sol extiende su sábana febril sobre Angloamerica a la 1:30 pm de la tarde, comunidad perteneciente al municipio de La Cruz de Río Grande. Después de unos veinte minutos sobre el río Grande de Matagalpa, la panga se detiene. Los jóvenes integrantes del banco de semillas y parte del equipo técnico del proyecto, Javier Espinoza y Anna Planck, bajamos con cuidado para no resbalar en el lodo que ha formado el agua del río sobre la ribera.
Se cuela entre las voces de todos y el ruido del motor de la panga, los ladridos de cuatro perros. Antes de salir de la escuelita de primaria, donde nos reunimos con las y los beneficiarios, fue la primera advertencia del grupo hay que tener cuidado con los perros. En fila india, rodeamos la casa, una estructura elevada unos dos metros sobre el suelo y construida con tablas y plástico. Un par de niños descalzos y desnudos de la cintura hacia arriba intenta calmar a la jauría que va quedando atrás con cada paso que damos. Pasamos unas plantaciones de árboles y en pocos minutos, un plantío de arroz se despliega ante nuestros ojos. Con cuidado, entre mata y mata que nos llega hasta las rodillas, seguimos. El plantío abarca más o menos una manzana de tierra, cargada por espigas de arroz que intentan mantenerse erguidas a pesar del peso del grano.
Con el rostro colorado, una mujer de pómulos pronunciados, cabello tostado por el sol nos ve llegar con sus ojos pequeños y brillantes. Por su mano derecha, el sudor se resbala hasta el mango del machete, a su lado está su familia, sus cinco hijos, su madre y su hermano. En el rostro de todos se nota que la jornada ha sido extenuante.
Nos cuenta que ha enviudado, que tiene a cargo a sus hijos y la tierra. La cosecha será buena nos dice con una sonrisa que contagia al resto de la familia. Josefa Urbina, ha sido parte de las capacitaciones sobre protección y preservación de los medios de vida, se integró al comité del banco de semillas y así fue como obtuvo 100 libras de arroz que ahora, están multiplicadas y apiladas en círculos, sobre hojas de plátano, para evitar la humedad, nos dice su hermano y luego agrega, lo tapamos con el zinc para que no se moje por si llueve.
Antes de pedirles permiso para tomar una fotografía, ella me cuenta que antes sembraba arroz pero la cosecha no había sido tan buena como esta, le pregunto quién le ayudó a sembrar la parcela, levanta la mirada y la dirige a su familia con orgullo. Tomamos algunas fotografías y, nos despedimos, agradecidos por la oportunidad de conocer a una de las 121 familias de las 12 comunidades que han sido parte del proceso.

“La reducción del riesgo de desastres va más allá de los conceptos, de las acciones y decisiones políticas o administrativas encaminadas a proteger a las familias y sus medios de vida, también se humaniza cuando se logra transformar las condiciones de vida de las mujeres y hombres, de las niñas, niños y los jóvenes”, pienso, mientras la panga nos lleva a conocer otra experiencia. Escucho la voz de Javier, diciendo por esta razón vale la pena cualquier esfuerzo.

Blanca García Monge
R.A.C.C.S. -Octubre 2015

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