Todo empezó el día que amanecí con mi cuerpo
desnudo pegado a su espalda. Intenté no regresar a su casa pero fueron inútiles
las excusas y así seguí amaneciendo en aquella cama cubierta de sábanas con
estampas de princesas de Disney. Al mes escapaba del trabajo y me iba a su casa
sin importar el tráfico, el calor o las dificultades del regreso a la oficina. Desde
los primeros encuentros sentí una atracción irrefrenable que iba desde las
conversaciones hasta la forma de amarnos en la cama.
Todo era perfecto, hasta que un día, supongo que se cansó
de tanta ternura de mi parte. Ahora que lo pienso, ella era demasiado práctica
para mis gustos idealistas y románticos, yo creí que podía retenerla con
palabras bonitas, con emojis de
flores, de besos y corazones al final de los mensajes de texto, con llamadas de
buenos días y buenas noches, abriéndole la puerta cada vez que abordaba un
coche, dejándola escoger las cosas que más le gustaban o pidiendo comida a
domicilio para evitar que cocinara.
Al cabo de varios meses de vernos a hurtadillas, me di
cuenta que lo único que le interesaba era terminar su carrera, comprarse un
coche, adquirir todos los bolsos y zapatos posibles, tener una casa propia en
algún residencial de clase alta y viajar al extranjero. Toda la magia terminó
un día que viajamos juntas hacia la capital, de pronto ella soltó su mano de
entre mis dedos a pesar de mis intentos por retenerla, esa fue la última vez
que me vio con su mirada dulce de venado tierno. Bajé con ella del autobús,
fuimos a su casa, dejó sus maletas, sacó su carro recién comprado y me fue a
dejar al hotel. En el camino me dejó ir una ráfaga de te quiero pero sólo como amigas, fuiste especial pero no eres lo que
necesito, por el momento quiero estar sola… Yo me bajé de aquel carro con
el corazón un poco roto, me había encariñado con ella y hasta pensé en algún
momento que la amaba. Un mes después la encontré de la mano con su mejor amiga
y entonces entendí que esa era toda la soledad que andaba buscándose. A veces
pienso en ella sobre todo cuando compro flores y no encuentro a quien
enviárselas.
Blanca
García Monge
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