sábado, 20 de abril de 2013

De regreso a casa.




Abordé el bus que me llevaba todos los días por las tardes de regreso a casa, logré a empujones con otros pasajeros ubicarme en un lugar cómodo, el aire que se colaba por las ventanas me alivió el calor y secó el sudor de la caminata de la fábrica a la carretera, un kilómetro lleno de polvo, de sol cayendo lento sobre los hombros.

Venía pensando que luego de las clases sabatinas iría a comprar el regalo para Andresito, un par de zapatos y un carro de bomberos.

Me sacó de mis pensamientos Rosa, que corriendo me alcanzó, me contó que abandonaría la fábrica, Carlos le esperaba en Guatemala al fin le había conseguido un trabajo de doméstica.

-Me voy -dijo. 

A secas se le dibujo una sonrisa y a contra luz me pareció más triste que nunca, mientras abordábamos el bus, le dije que no se precipitara, bien o mal tenía un trabajo que la sacaba de apuros, era mejor que Carlos regresara y se ocupara de la siembra, este año, según mi papa, se sacaría buena cosecha.

Mientas el bus iba dejando atrás un revoltijo de hojas secas, imaginé la alegría de mi mama al ver el vestido azul que le llevaba de regalo, antes de ir a trabajar pasé por la tienda de Doña Juana, le dije que me lo diera fiado, mi mama lo había visto y  le gustó para ponérselo en una ocasión especial.

-Ya casi llegamos- murmuró Rosa -señalando la parada.

De nuevo me abrí camino sobre el pasillo hasta la puerta de salida, de repente, recuerdo escuché un grito terrible, vi como la gente se asomaba por las ventanas estrechas del bus, me sorprendí ver tanta sangre regada sobre el pavimento.

-Llamen a la policía, que intercepten en el empalme a la camioneta, -decía el ayudante del bus.

-Es una camioneta negra, no tiene placas. -¡degenerado!- ¡sin corazón! -Aceleró como alma que se la lleva el diablo… -dijo alguien.

¡Rosa! ¿Por qué lloras así? Dejá de llorar, vámonos que tengo que ir a traer a Andresito donde la abuela.

-¿Cómo se llama la muchacha? – ¡Pobrecita!  ¿Es de por aquí? ¿Usted la conoce?

-¡Vámonos Rosita! No me gusta ver muertos, menos así-.

Pero por alguna razón mi amiga no me escucha.

Es sábado, siento que regresé de un largo viaje, ya no me duele el cuerpo, me siento liviana, diferente, como si estuviera en otro mundo, si no fuera por  Andresito que agarrado a los paletones azules del vestido de mi mama le dice llorando que me despierte, si no fuera por su llanto, creería que estoy muerta.

Blanca García Monge.

martes, 9 de abril de 2013

Refracción


La luz se desliza por el hueco del techo, penetra en la entraña oscura de la habitación, anuncia la repetición de los días sucediéndose, horas aglutinadas, amontonadas en una máquina concéntrica.

- ¿A qué dios se le ocurrió limitar la transición del día a la noche y viceversa? - se pregunta.

Afina el oído y escucha el tic-tac nervioso del tiempo, salta de inmediato de la cama y siente un raro vértigo en el centro de su cuerpo como si cayera de un segundo piso. Enciende la luz de la habitación, se coloca los lentes y busca el reloj.

Ella la observa y saluda con la pereza matinal que le caracteriza, su HOLA, queda atrapado en la burbuja concéntrica donde habita, donde simula el reflujo del mar, su cuerpo líquido de mujer salta de manecilla en manecilla, brazos, piernas, corazón respirándose a sí mismos, protegiéndose para no derramarse en un descuido, en alguna estocada de la aguja cuando se sienta al filo a soñar con libertad. Cada treinta segundos, al ir de cabeza, siente la fuerza suficiente para romper el óvalo claro que le separa de la realidad. Las cinco de la mañana, un esfuerzo, falta poco, es cuestión de años, meses, semanas, horas, minutos, segundos...
La otra, encuentra con asombro trozos del reloj, cristales regados sobre el piso, empapados de agua.

 -¡Qué extraño!- exclama.

 Regresa a su zona de confort y vuelve a soñar.



Blanca García Monge.