
Abordé el bus que me llevaba todos los días por las tardes de regreso a casa, logré a empujones con otros pasajeros ubicarme en un lugar cómodo, el aire que se colaba por las ventanas me alivió el calor y secó el sudor de la caminata de la fábrica a la carretera, un kilómetro lleno de polvo, de sol cayendo lento sobre los hombros.
Venía
pensando que luego de las clases sabatinas iría a comprar el regalo para
Andresito, un par de zapatos y un carro de bomberos.
Me
sacó de mis pensamientos Rosa, que corriendo me alcanzó, me contó que
abandonaría la fábrica, Carlos le esperaba en Guatemala al fin le había
conseguido un trabajo de doméstica.
-Me
voy -dijo.
A
secas se le dibujo una sonrisa y a contra luz me pareció más triste que nunca, mientras
abordábamos el bus, le dije que no se precipitara, bien o mal tenía un trabajo
que la sacaba de apuros, era mejor que Carlos regresara y se ocupara de la
siembra, este año, según mi papa, se sacaría buena cosecha.
Mientas
el bus iba dejando atrás un revoltijo de hojas secas, imaginé la alegría de mi
mama al ver el vestido azul que le llevaba de regalo, antes de ir a trabajar
pasé por la tienda de Doña Juana, le dije que me lo diera fiado, mi mama lo
había visto y le gustó para ponérselo en
una ocasión especial.
-Ya
casi llegamos- murmuró Rosa -señalando la parada.
De
nuevo me abrí camino sobre el pasillo hasta la puerta de salida, de repente,
recuerdo escuché un grito terrible, vi como la gente se asomaba por las
ventanas estrechas del bus, me sorprendí ver tanta sangre regada sobre el
pavimento.
-Llamen
a la policía, que intercepten en el empalme a la camioneta, -decía el ayudante
del bus.
-Es
una camioneta negra, no tiene placas. -¡degenerado!- ¡sin corazón! -Aceleró
como alma que se la lleva el diablo… -dijo alguien.
¡Rosa!
¿Por qué lloras así? Dejá de llorar, vámonos que tengo que ir a traer a
Andresito donde la abuela.
-¿Cómo
se llama la muchacha? – ¡Pobrecita! ¿Es
de por aquí? ¿Usted la conoce?
-¡Vámonos
Rosita! No me gusta ver muertos, menos así-.
Pero
por alguna razón mi amiga no me escucha.
Es
sábado, siento que regresé de un largo viaje, ya no me duele el cuerpo, me
siento liviana, diferente, como si estuviera en otro mundo, si no fuera
por Andresito que agarrado a los paletones
azules del vestido de mi mama le dice llorando que me despierte, si no fuera
por su llanto, creería que estoy muerta.
Blanca García Monge.
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