La
luz se desliza por el hueco del techo, penetra en la entraña oscura de la
habitación, anuncia la repetición de los días sucediéndose, horas
aglutinadas, amontonadas en una máquina concéntrica.
- ¿A qué dios se le ocurrió
limitar la transición del día a la noche y viceversa? -
se pregunta.
Afina
el oído y escucha el tic-tac nervioso del tiempo, salta de inmediato de la cama
y siente un raro vértigo en el centro de su cuerpo como si cayera de un segundo
piso. Enciende
la luz de la habitación, se coloca los lentes y busca el reloj.
Ella la observa y saluda con la pereza matinal que le caracteriza, su HOLA, queda atrapado en la burbuja concéntrica donde habita, donde simula el reflujo del
mar, su cuerpo líquido de mujer salta de manecilla en manecilla, brazos,
piernas, corazón respirándose a sí mismos, protegiéndose para no derramarse en un
descuido, en alguna estocada de la aguja cuando se sienta al filo a
soñar con libertad. Cada treinta segundos, al ir de cabeza, siente la
fuerza suficiente para romper el óvalo claro que le separa de la realidad. Las cinco de la mañana, un esfuerzo, falta poco, es cuestión de años, meses, semanas, horas, minutos, segundos...
La otra, encuentra con asombro trozos del reloj, cristales regados sobre el piso, empapados de agua.
-¡Qué extraño!- exclama.
Regresa a su zona de confort y vuelve a soñar.
Blanca García Monge.
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