miércoles, 14 de diciembre de 2016

A veces pienso en ella

Todo empezó el día que amanecí con mi cuerpo desnudo pegado a su espalda. Intenté no regresar a su casa pero fueron inútiles las excusas y así seguí amaneciendo en aquella cama cubierta de sábanas con estampas de princesas de Disney. Al mes escapaba del trabajo y me iba a su casa sin importar el tráfico, el calor o las dificultades del regreso a la oficina. Desde los primeros encuentros sentí una atracción irrefrenable que iba desde las conversaciones hasta la forma de amarnos en la cama.
Todo era perfecto, hasta que un día, supongo que se cansó de tanta ternura de mi parte. Ahora que lo pienso, ella era demasiado práctica para mis gustos idealistas y románticos, yo creí que podía retenerla con palabras bonitas, con emojis de flores, de besos y corazones al final de los mensajes de texto, con llamadas de buenos días y buenas noches, abriéndole la puerta cada vez que abordaba un coche, dejándola escoger las cosas que más le gustaban o pidiendo comida a domicilio para evitar que cocinara.
Al cabo de varios meses de vernos a hurtadillas, me di cuenta que lo único que le interesaba era terminar su carrera, comprarse un coche, adquirir todos los bolsos y zapatos posibles, tener una casa propia en algún residencial de clase alta y viajar al extranjero. Toda la magia terminó un día que viajamos juntas hacia la capital, de pronto ella soltó su mano de entre mis dedos a pesar de mis intentos por retenerla, esa fue la última vez que me vio con su mirada dulce de venado tierno. Bajé con ella del autobús, fuimos a su casa, dejó sus maletas, sacó su carro recién comprado y me fue a dejar al hotel. En el camino me dejó ir una ráfaga de te quiero pero sólo como amigas, fuiste especial pero no eres lo que necesito, por el momento quiero estar sola… Yo me bajé de aquel carro con el corazón un poco roto, me había encariñado con ella y hasta pensé en algún momento que la amaba. Un mes después la encontré de la mano con su mejor amiga y entonces entendí que esa era toda la soledad que andaba buscándose. A veces pienso en ella sobre todo cuando compro flores y no encuentro a quien enviárselas.

Blanca García Monge

jueves, 20 de octubre de 2016

3 microrrelatos

El abuelo

La noche de la boda, cuando todos los invitados se fueron, el sargento primero de la Guardia Nacional Marcial G. entró a la habitación con sus botas militares relucientes de betún, tomó el velo, la corona y el vestido de novia y se fue a empeñarlo por una media de licor.


Entrevista

“Por favor llegar media hora antes”, leyó al final del correo. Cuando el taxista se extravió dos veces estuvo a punto de un colapso nervioso. Después de media hora dieron con el lugar. Agitada, se sentó acomodándose la blusa, se retocó el maquillaje cubriendo el rastro de sudor y de susto por el retraso. Cuando pasó a la sala de entrevista esperaba ver a dos o tres personas como jueces de algún reality show estadounidense pero sólo encontró un par de pruebas psicométricas. Las leyó de principio a fin y en lo más hondo de su corazón deseó seguir dando vueltas con el taxista, perdida en algún rincón de la ciudad.


Cenicienta

Se convirtió en el personaje del cuento, el dolor lo sintió tan suyo que hasta salpicó con un poco de lágrimas a la señora que iba sentada a su lado. Al bajar de la ruta, la doña la miró con lástima y le sonrió queriendo animarla, ella guardó el libro en su bolso, se ajustó las botas, bajó en la parada de Plaza Inter, cruzó la avenida y se fue a esperar la clientela de la noche.

viernes, 23 de septiembre de 2016

El vuelo

No creía en historias fantásticas o sobrenaturales, aunque una vez escuché que un duende apareció en una quebrada de Mosonte y secuestró a una muchacha. La noticia se expandió a través de la radio local, en la entrevista la mamá dijo que su hija había ido a lavar ropa y no regresó a la hora acostumbrada, cuando fueron a buscarla encontraron el jabón sobre la ropa sin lavar y vieron en la arena las huellas frescas de unas botitas como de niño las cuales desaparecían en la primera vuelta del río.
La historia me pareció absurda, pensé que a lo mejor la hija había huido harta de levantarse a las cuatro de la mañana a palmear tortillas, de hacer la comida los tres tiempos, de barrer la casa y una vez al mes encalarla para que se viera limpia y brillante, de cuidar a sus hermanos más pequeños como si fueran hijos suyos, de ir al río a lavar la ropa de sus hermanos, de regresar al río a lavar el maíz nesquizado para el día siguiente.
Apagué la radio y me juré no volver a escuchar noticias locales, hasta la otra noche cuando la señal del cable en la tv se perdió de repente, así como la conexión a internet en mi computadora y en el celular, entonces no me quedó más remedio que encender la radio y buscar alguna noticia al respecto. Durante cinco minutos no se escuchó nada, al rato una voz saltó diciendo que el problema estaba a punto de ser resuelto, el apagón digital había sido a lo largo y ancho de todo el país. Una especie de virus invadió al sistema. El locutor hizo una pausa y cambiando de noticia dijo, que en Ocotal se había desatado una ola de ataques de murciélagos, las autoridades no sabían de dónde y cómo habían aparecido tantos, las personas mordidas estaban siendo trasladadas a los hospitales regionales porque el hospital local, a punto de colapsar por su infraestructura precaria, ya no daba abasto; hubo otra pausa y, a continuación agregó que después de media hora de la mordedura las víctimas empezaban a mostrar signos de transformación, a los hombres les crecían los incisivos de manera puntiaguda, se les reducían las orejas y los ojos se les volvían rojos, en tanto a las mujeres les salían alas de un metro de cada lado y había que encadenarlas de sus pies a las camas para que no escaparan, aquello me pareció el colmo y apagué la radio. Sin cable en la tv ni internet me fui a la cama y al cabo de un rato me dormí.
Desperté a las cinco de la mañana colgada del techo, sobre mi espalda un par de alas se desplegaron en toda su extensión, aunque la luz golpeaba un poco mi pupila, decidí desprender mis finas garras de la madera y buscar un árbol alto y con buen follaje para continuar durmiendo, durante el vuelo, otras empezaron a liberarse de sus cadenas y se unieron a mí dejando atrás sus antiguas vidas.


Blanca García Monge
Ocotal, 12 sept. 2016


martes, 3 de mayo de 2016

Microrrelatos

MORIR DE AMOR

Aquella noche de verano, la espera había terminado, su corazón se desarticuló cuando escuchó el sonido de sus tacones contra el asfalto del callejón. Ella iba preparada para matarlo de amor y sacó de su bolso el lápiz labial rojo, empapado de cianuro.


CANCIÓN DE CUNA EN HIROSHIMA

A través de la máscara antigás, duérmete mi niña duérmete ya que viene el lobo y te comerá, fue lo último que logró escuchar de su madre, después la oscuridad llenó cada rincón del parque, a donde la llevaban cada día a tomar el sol matutino para que creciera saludable.


Publicados en el libro 99 palabras de mujer(microrrelatos y otras especies)-ANIDE 2016

jueves, 21 de enero de 2016

Sobre el río Grande de Matagalpa


El sol extiende su sábana febril sobre Angloamerica a la 1:30 pm de la tarde, comunidad perteneciente al municipio de La Cruz de Río Grande. Después de unos veinte minutos sobre el río Grande de Matagalpa, la panga se detiene. Los jóvenes integrantes del banco de semillas y parte del equipo técnico del proyecto, Javier Espinoza y Anna Planck, bajamos con cuidado para no resbalar en el lodo que ha formado el agua del río sobre la ribera.
Se cuela entre las voces de todos y el ruido del motor de la panga, los ladridos de cuatro perros. Antes de salir de la escuelita de primaria, donde nos reunimos con las y los beneficiarios, fue la primera advertencia del grupo hay que tener cuidado con los perros. En fila india, rodeamos la casa, una estructura elevada unos dos metros sobre el suelo y construida con tablas y plástico. Un par de niños descalzos y desnudos de la cintura hacia arriba intenta calmar a la jauría que va quedando atrás con cada paso que damos. Pasamos unas plantaciones de árboles y en pocos minutos, un plantío de arroz se despliega ante nuestros ojos. Con cuidado, entre mata y mata que nos llega hasta las rodillas, seguimos. El plantío abarca más o menos una manzana de tierra, cargada por espigas de arroz que intentan mantenerse erguidas a pesar del peso del grano.
Con el rostro colorado, una mujer de pómulos pronunciados, cabello tostado por el sol nos ve llegar con sus ojos pequeños y brillantes. Por su mano derecha, el sudor se resbala hasta el mango del machete, a su lado está su familia, sus cinco hijos, su madre y su hermano. En el rostro de todos se nota que la jornada ha sido extenuante.
Nos cuenta que ha enviudado, que tiene a cargo a sus hijos y la tierra. La cosecha será buena nos dice con una sonrisa que contagia al resto de la familia. Josefa Urbina, ha sido parte de las capacitaciones sobre protección y preservación de los medios de vida, se integró al comité del banco de semillas y así fue como obtuvo 100 libras de arroz que ahora, están multiplicadas y apiladas en círculos, sobre hojas de plátano, para evitar la humedad, nos dice su hermano y luego agrega, lo tapamos con el zinc para que no se moje por si llueve.
Antes de pedirles permiso para tomar una fotografía, ella me cuenta que antes sembraba arroz pero la cosecha no había sido tan buena como esta, le pregunto quién le ayudó a sembrar la parcela, levanta la mirada y la dirige a su familia con orgullo. Tomamos algunas fotografías y, nos despedimos, agradecidos por la oportunidad de conocer a una de las 121 familias de las 12 comunidades que han sido parte del proceso.

“La reducción del riesgo de desastres va más allá de los conceptos, de las acciones y decisiones políticas o administrativas encaminadas a proteger a las familias y sus medios de vida, también se humaniza cuando se logra transformar las condiciones de vida de las mujeres y hombres, de las niñas, niños y los jóvenes”, pienso, mientras la panga nos lleva a conocer otra experiencia. Escucho la voz de Javier, diciendo por esta razón vale la pena cualquier esfuerzo.

Blanca García Monge
R.A.C.C.S. -Octubre 2015